Hay organizaciones que se construyen a partir de grandes estructuras, equipos profesionales y recursos económicos y humanos que permiten sostener cada una de sus áreas, pero hay otras que nacen y crecen de una manera diferente. Lo hacen a partir de personas que deciden poner a disposición algo que, en nuestra vida cotidiana, parece cada vez más escaso, su propio tiempo a favor de un propósito.
Gran parte de lo que somos y de lo que hacemos es posible gracias a personas voluntarias que, entre sus trabajos, sus familias, sus estudios y sus propias responsabilidades, encuentran un espacio para comprometerse con otros. No porque tengan tiempo libre, sino porque eligen darle un sentido diferente a una parte de ese tiempo.
Esa decisión tiene un valor enorme para una organización, pero también encierra algo que considero todavía más profundo: que el voluntariado no transforma únicamente aquello que ayuda a construir, sino que también transforma a la propia persona.
Cuando alguien llega a Aletea puede hacerlo pensando que viene a aportar conocimientos, unas horas, una experiencia o simplemente ganas de ayudar. Y sí, efectivamente, todo eso sucede y es valioso. Pero con el tiempo suele acontecer algo más, aparecen vínculos, preguntas nuevas, aprendizajes inesperados y otras maneras de mirar. Se descubre que acompañar no consiste necesariamente en tener respuestas, sino en aprender a estar, escuchar, comprender y construir junto a otros. Para mí, esta es la dimensión del voluntariado que tiene un significado especialmente profundo.
Una comunidad que yo también necesitaba
Soy mamá de un joven autista de 19 años. Cuando llegué a Aletea ya habían transcurrido 9 años como mamá atípica y yo todavía no podía reconocer cuánto necesitaba de una comunidad que transitara mis propios desafíos. Estaba haciendo lo que hacemos tantas veces las familias cuando la vida nos sorprende exigiéndonos más de lo que imaginábamos: resolver, aprender sobre la marcha, ocuparnos de lo urgente y seguir adelante. El piloto automático estaba encendido y, en ese momento, ni siquiera me preguntaba si necesitaba ayuda. Mucho menos imaginaba que compartir el camino con otras familias que atravesaban desafíos parecidos podía ser tan importante para mí.
Por eso, cuando me invitaron a ser parte de Aletea, acepté sin tener demasiado claro todo lo que ese camino iba a significar. No venía con experiencia en organizaciones ni con una idea acabada de lo que implicaba construir una comunidad desde cero. Había sí una certeza más intuitiva, y era algo que valía la pena construir y que podía ser importante para muchas personas.
Con el tiempo entendí que aquello que estábamos creando no era solamente una organización para acompañar a otras personas, también estábamos construyendo un espacio del que yo misma necesitaba formar parte, aunque todavía no lo visualizara. Y quizás una de las cosas más transformadoras de este recorrido haya sido descubrir que, mientras intentábamos construir una red para otros, también estábamos construyendo una red que nos sostenía a nosotros mismos.
Acompañar y sentirse acompañada
Con los años, Aletea me enseñó a confiar en lo colectivo, a mirar más allá de lo que inicialmente esperaba y a comprender que los procesos de transformación rara vez son lineales. Me enseñó que una organización no se construye únicamente con ideas, proyectos o recursos; se construye fundamentalmente con vínculos, con confianza y con personas dispuestas a sostener un propósito en común. Y en ese proceso descubrí algo que para mí sigue siendo una de las experiencias más significativas de este recorrido, ayudar a otros también puede ayudarnos a nosotros mismos.
Acompañar a otras familias me permitió sentirme acompañada. Escuchar otras historias me ayudó a comprender mejor la mía propia y compartir aprendizajes me habilitó a transformar experiencias difíciles en herramientas que podían ser útiles para alguien más. Descubrir que aquello que alguna vez había vivido como una dificultad personal podía convertirse en parte de una construcción colectiva fue, también, una forma de darle un nuevo sentido a muchas realidades.
Lo que se construye al involucrarse
Y creo que algo similar sucede con el voluntariado, no se trata solamente de lo que una persona viene a dar, sino también de todo lo que empieza a construirse cuando decide involucrarse. Por eso, hablar del voluntariado solamente desde lo que una organización recibe es insuficiente. Aletea recibe muchísimo de sus voluntarios y voluntarias: horas de trabajo, conocimientos, creatividad, compromiso, presencia y una enorme diversidad de capacidades, porque cuando hablamos de voluntariado, agrupamos a personas que diariamente deben tomar decisiones para que Aletea sea sostén del propósito que nos hemos trazado, sin ese valioso aporte, muchas de nuestras actividades, proyectos y espacios de acompañamiento sencillamente no existirían.
Quienes se acercan llegan preguntando simplemente qué pueden aportar y, casi sin darse cuenta, empiezan a descubrir todo lo que ese vínculo también les devuelve. Aprenden de otras personas, conocen historias que amplían su manera de mirar, encuentran vínculos que quizás nunca hubieran imaginado y descubren capacidades propias que estaban ahí, esperando una oportunidad para aparecer.
Cuando compartimos tiempo con otros, algo siempre se mueve, una conversación puede dejarnos pensando, una experiencia puede cambiar nuestra manera de entender una situación y una persona que conocemos en el camino puede terminar ocupando un lugar importante en nuestra vida. Eso también es parte de la red que construimos.
Por eso, para nosotros, ser voluntario es mucho más que colaborar con una organización. Es elegir involucrarse, compartir una parte de nuestro tiempo y construir junto a otros algo que tiene sentido. Y considero que lo más valioso sea descubrir que, mientras creemos que estamos ayudando a alguien más, también nosotros encontramos compañía, aprendizaje y una forma diferente de sentirnos parte.
Una persona voluntaria no debería sentirse simplemente como alguien que viene a cubrir una necesidad, debería comprender el propósito de aquello que hace, encontrar un lugar donde pueda desarrollar sus capacidades y saber que su aporte forma parte de algo más grande. Esto también nos plantea una responsabilidad como organización. Si pedimos tiempo, compromiso y confianza, tenemos que estar a la altura de lo que las personas nos entregan, tenemos que ofrecer espacios cuidados, claros y respetuosos, acompañar los procesos y generar oportunidades reales de aprendizaje y participación.
Nueve años de vínculos y aprendizajes
Después de 9 años en Aletea, sigo creyendo que una de las mayores fortalezas que tenemos está precisamente ahí, en la capacidad de reunir personas diferentes alrededor de un propósito compartido.
Algunas llegan por una experiencia personal, otras por una profesión, un interés o una inquietud. Algunas permanecen durante años y otras nos acompañan durante una etapa de sus vidas. Cada una deja algo y se lleva algo, y esa circulación de saberes, experiencias y vínculos es también parte de lo que construye nuestra identidad.
En un tiempo en el que muchas veces estamos llamados a ocuparnos cada vez más de nosotros mismos, elegir dedicar una parte de nuestro tiempo a otros es un acto profundamente humano. No porque tengamos que salvar a nadie, ni porque una persona pueda resolver por sí sola las desigualdades que atraviesan nuestra sociedad, sino porque decidir involucrarnos, acompañar y construir con otros es una manera concreta de decir que no somos indiferentes. Aletea existe porque muchas personas, a lo largo de estos años, decidieron involucrarse con un propósito. Y quizás lo más gratificante sea que, mientras ayudaban a construir Aletea, también fueron construyéndose a sí mismas.
Esa es la historia que queremos seguir contando, la de una organización que recibe mucho de quienes ofrecen su tiempo, pero que también procura devolver algo valioso: aprendizaje, vínculos, confianza, sentido y la certeza de que aquello que hacemos junto a otros puede transformar, aunque sea poco a poco, nuestras propias vidas y la comunidad de la que formamos parte.
Y eso es, después de nueve años, lo que más me conmueve ser parte de Aletea: descubrir que cuando decidimos poner una parte de nuestro tiempo al servicio de otros, terminamos encontrándonos también con nosotros mismos y con una comunidad que, de alguna manera, empieza a formar parte de nuestra propia historia.
Hay un lugar para vos
Este primer relato de nuestro blog es un reconocimiento y agradecimiento especial para quienes, un día, decidimos involucrarnos para derribar las desigualdades que tiñen a nuestra sociedad de injusticias e inequidades para toda la comunidad autista.
Hay un lugar en Aletea para que te involucres vos también ¡Te esperamos pronto!

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